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 Agosto 2011
   
   
  Cultura familiar colectiva
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Como hemos indicado, hay algo que interesa señalar en esta cocina patriarcal de Loyola. Y es que, a través de la diaria convivencia familiar, que se desarrollaba sobre todo en este ambiente, se iba trasmitiendo de forma insensible e implícita la cultura colectiva, esa que irá aflorando después en la biografía del fundador de la Compañía de Jesús. Naturalmente esa cultura de su tierra, de su época y de su clase, después de su conversión, irá aflorando en Iñigo unas veces exaltada y sublimada, y otras veces corregida y hasta contradicha.

Vale la pena de detenernos un momento para señalar en esta cultura familiar colectiva algunos de los que nos parecen sus rasgos más característicos. Creemos que se pueden subrayar seis aspectos:

1º La fe cristiana, nunca puesta en cuestión, aunque frecuentemente fuese acompañada por graves pecados. El linaje de los Oñaz y Loyola había formado parte de aquella clase feudal, muchas veces injusta, que reivindicaba sus privilegios por medio de la violencia. Y además, en el linaje de los Oñaz y Loyola abundan los hijos naturales e ilegítimos. El mismo Iñigo tenía dos o tres hermanastros naturales.

2º La fidelidad a la palabra dada y a la lealtad jurada, verdadero fundamento de la estructura social y política de la época. Esta fidelidad no se refería tanto a las colectividades de que cada uno formase parte (por ejemplo a Guipúzcoa, o a Castilla, o a Navarra...) cuanto a los representantes del poder político, al Rey o al Emperador. Porque el poder político era concebido como un patrimonio, que se trasmitía por herencia, y que constituía a los que lo detentaban en "señores naturales". A estos señores naturales se juraba una lealtad que era el fundamento de la estabilidad política. Faltar a ella era delito de lesa majestad. Los que han hecho ejercicios espirituales saben cuánto de esta concepción aflora en la meditación llamada del Rey temporal.

3º El sentimiento del honor, porque nada temía tanto un caballero como ser deshonrado, es decir, no ser tratado con la consideración debida a su linaje y a su persona. Y por defender el honor, así entendido, era capaz de jugarse la vida.

4º La importancia del valor personal. Porque no bastaba evitar el deshonor, sino que había que ganar el honor con hazañas personales valerosas. El caballero nacía y era educado en la vocación al heroísmo personal.

5º El estilo de vida y el modo de presentarse, es decir, el cuidado que el caballero tenía que tener de su atuendo y de sus armas, como expresión de su alcurnia.

6º La vocación caballeresca de defender a los débiles. Iñigo, aun después de haberse convertido en un peregrino penitente y desarmado, no vacilará en arriesgar su vida para defender la honra de dos mendigas, sus compañeras de viaje, aunque para ello tuviera que desafiar a una soldadesca, arrebatada por el vino y la lujuria, que quería violentarlas.

Porque también esta caballerosidad altruista y heroica se respiraba, con el humo de los tizones y el olor de las castañas, en esta vieja cocina del clan de los Loyola.
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